Publicado el 2010-10-19

Vía crucis de la última tribu aborigen de Europa

Pablo Osoria Ramírez

En una región que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola viven los saamis, pueblo aborigen europeo que durante más de un siglo desafió intentos de asimilación por parte de otras culturas.Aunque no existen estadísticas oficiales, se estima que en esa vasta porción conviven cerca de 100 mil personas de esa etnia, también denominada sami o lapón.

La mayor representación, unos 50 mil, habita en territorio noruego y el resto en las citadas regiones enclavadas en los confines de Europa y dentro del Círculo Polar Ártico.

De acuerdo con estudios arqueológicos, existen evidencias de esa población en las costas árticas escandinavas, las cuales datan de entre seis mil y 11 mil años.

Las investigaciones revelan que los antepasados de los lapones vivían de la pesca y la caza de renos salvajes, aunque también se encontraron cerámicas de hace más de tres mil años.

Su origen continúa siendo un reto para los antropólogos, quienes ofrecen suposiciones sobre la procedencia del grupo humano.

De un lado, conjeturan que formaron parte de los pueblos paleosiberianos, y de otro, creen que constituyen un colectivo alpino procedente de la Europa central.

Sin embargo ambas referencias chocan con sus características físicas, las cuales difieren a las de los pueblos mencionados e impiden concordar completamente con las opiniones de los investigadores.

En casi todo el mundo son llamados lapones, pero ellos prefieren autonombrarse sami debido al origen xenófobo y peyorativo de la primera denominación.

El término lapp, del cual se deriva la palabra lapón, en Escandinavia también significa ropa de mendigo. Además le atribuyen otros apelativos como inculto, tonto o periférico.

En la actualidad se considera a ese grupo humano como la población aborigen del Noroeste de Europa que reivindica sus derechos como pueblo indígena.

Algunos fueron evangelizados por grupos cristianos y otros prefirieron adherirse a ritos ortodoxos. Pese a las grandes encrucijadas que enfrentan, los saamis siguen siendo los amos de las nieves.

Resistencia contra la absorción

Esa población enfrentó durante más de un siglo los intentos de asimilación de la sociedad no lapona, pretensiones que fueron denunciadas con énfasis en 1903 por un periódico de la época en Europa, el Sagai Muittalaegje.

Tras ese hecho, emergieron otras actividades con serias intenciones de apoyar a esa comunidad en la preservación de su identidad cultural y su modo de vida.

Así, en 1956, se creó el Consejo Nórdico de los lapones, entidad dirigida a buscar mecanismos de enlace entre integrantes de ese pueblo radicados en territorios noruegos, finlandeses y suecos.

En su ascendente reconocimiento y organización, en 1989 surge el Parlamento Saami (Sameting), el cual contribuyó a reforzar el conocimiento lingüístico, cultural y legal de los lapones.

Los evidentes logros integracionistas contrastan con las amenazas concretas a sus actuales formas de vida.

Según un estudio publicado en la revista estadounidense Alma Magazine, en los últimos tiempos, los saamis fueron obligados a modernizar sus prácticas sociales para entrar al mundo occidental.

A la fuerza, fueron relegando su estilo nómada y se establecieron en pequeñas cabañas. Ahora unos pocos hombres peregrinan durante el invierno para salvar a sus manadas de renos del inclemente frío.

Sin embargo, sostiene la publicación, su principal problema es que carecen de documentos que determinen la propiedad del suelo en el cual habita cada familia sami.

Frente a ese escenario, es habitual que los empresarios reclamen esos terrenos o impidan que pasen con sus animales a pastorear.

Para ellos la tierra es de todos y no se plantearon ir a ningún registro de propiedad para reclamar los derechos sobre los terrenos donde pastaban sus renos.

Empero, la realidad evidencia que la última comunidad originaria de la civilizada Europa atraviesa una era de transición, en la cual deberán estar prevenidos para afrontar los cambios y peligros de desaparecer.

* El autor es periodista de la Redacción Europa de Prensa Latina.


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