Publicado el 2010-08-03

Mensajes de la naturaleza

Andrés Gómez

Manuel Vela Gareca, mi abuelo, hablaba con la naturaleza cada día. Saludaba a los pájaros, a los caballos, a los burros, conversaba con los sauces, los molles, las retamas, las flores, cuchicheaba con la papa, al trigo y con todos los seres que conviven en la tierra. “Ellos saben más que nosotros, hay que escucharles y hablarles”, solía decirme. Justo entre Julio y Agosto solía fijarse en los sauces para “informarse naturalmente” del tiempo adecuado para la siembra.

“Si por este mes rebrota el sauce (julio) -porque es la primera planta que comienza a reverdecer incluso en pleno invierno- es que las lluvias se adelantarán, entonces hay que adelantar también la siembra”, narraba con mi abuela y mi familia en inolvidables noches de historias y transmisión de conocimientos orales. “Si reverdece a fines de agosto o septiembre, las lluvias se retrasarán, mejor retrasar también la siembra”, comentaba y agregaba que eso no sucede con el molle, que siempre está verde y por eso tiene la categoría de sagrado para acompañar las ceremonias y ritos de unidad con la tierra.

Estos días de nieve en la selva, de frío intenso en las llanuras, de fenómenos nunca vistos en varias partes del planeta, me acordé de esas charlas de mi abuelo. ¿Cuánto sabe la naturaleza respecto a los cambios climáticos? Mucho. Los árboles, las aves, los animales son la misma tierra, solo que presentados en otra forma, al igual que nosotros.
Debe ser por eso que, en un primer momento de la historia de la humanidad, gran parte de los pueblos y culturas encarnaban a los dioses en los animales y consideraban a las plantas, además de farmacia universal, mensajeras de la naturaleza.

Cuando el chiwuanku (pájaro de plumas negras) trinaba (lo sigue haciendo) más o menos del siguiente modo: “chulluchiy chulluchiy kjuru pallakunaypaj”, Manuel explicaba: “está pidiendo lluvia a Dios en los siguientes términos: “haz llover, haz llover para comer gusanitos” (idioma quechua). Horas más tarde caía una intensa lluvia sobre el valle donde pasé mi infancia, Pocoata.

Victoria Ramírez Soto, mi abuela, leía muy bien los mensajes del viento, de las estrellas, del sol, de la luna, del Wichipanchiuy (un pájaro pequeño de hermosos colores, alas blancas por fuera, negros por dentro, pecho amarillo como la yema de un huevo y anteojos celeste cielo que llegaba hasta su pico anaranjado color carne), que venia a posarse en el molle de la casa con una lombriz en su pico solo cada vez que íbamos a tener una visita. Sus predicciones eran como las del pulpo Paul, infalibles. “Ya ha venido el wichipanchiuy, alguien va a llegar, nos está avisando, escucha, escucha como canta (wichiquipanchiuy, wichipanchiuy), preparemos nomás un poco más de comida”, se afanaba mi abuela. Dicho y hecho, llegaba el o la visitante ya sea a la cena o al almuerzo.

Por ese tiempo no había meteorólogos, entonces mi abuelo iba a ver las corrientes de río causadas por las primeras lluvias. Si las primeras aguas habían dejado mucha arena dispersa en las orillas es que el año iba a ser lluvioso, si no había nada, había que preocuparse. El zorro lo confirmaba si se afanaba en procrear con un aullido agudo y extendido. El año que nos golpeó la sequía en el Norte de Potosí, ni el sauce rebrotó temprano ni el zorro apareció, el mensaje estaba claro, había que tomar previsiones.

¿Qué mensajes nos está dando estos días la naturaleza? ¿Lo estamos entendiendo? ¿O hemos cargado todo el conocimiento en la “ciencia”, la tecnología y hemos perdido la filosofía? ¿O tanta racionalidad cartesiana ha hecho que perdamos la lengua de la naturaleza?

El autor es director de la Red Erbol.


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