Publicado el 2010-02-19

Saramaka: guardianes afrodescendientes de la Amazonía

Sinay Céspedes Moreno *

Desde el territorio que ocupan en la Amazonía surinamesa, el pueblo Saramaka combate al tiempo y al olvido, alzándose inamovible en defensa de su cultura y el bosque. Establecidos en la rivera del río Surinam desde el siglo XVIII, sus aldeas la integran cerca de 30 mil miembros (según cifras no confirmadas por falta de censo), quienes viven en clanes matrilineales en unos nueve mil kilómetros cuadrados.

Descendientes de las originarias tribus maroons (cimarrones) africanas, ocupan el territorio amazónico desde que sus ancestros, esclavos, escaparon de las plantaciones y se internaron en el bosque. Investigaciones demográficas revelan que hoy la comunidad Saramaka constituye la mayor población derivada de auténticos maroons en todo el planeta.

El modo de vida contempla la poligamia. Al término de sus días, una fémina puede haber tenido hasta cuatro cónyuges, mientras el hombre puede llegar a siete esposas.

Los hijos se crían en sus primeros años de vida con la madre y cuando ya se consideran aptos para asumir labores de adultos las hembras quedan, generalmente, bajo custodia de las mujeres, y los varones son atendidos por los padres.

Muchas esposas tienen sus casas propias, otra en el campo hortícola y una tercera en la villa de sus esposos, quienes dividen el tiempo entre tres o cuatro hogares.

De acuerdo con sus costumbres, viven en una habitación de pocas dimensiones, construida con paredes de madera, techos de paja y carecen de ventanas.

Según sus normas, la edad establecida para los casamientos es de 15 años en las féminas y a partir de 20 en los hombres.

Distribuidos en alrededor de 70 poblados, las principales actividades que desarrollan se dividen en caza, pesca, cultivo y recolección de productos del bosque.

La agricultura está basada en un sistema de rotación a largo plazo debido a que los suelos pobres del bosque pluvial solamente pueden soportar cosechas por dos o tres años consecutivos.

Quimbombó, maíz, arroz, yuca, plátano, caña de azúcar, calabaza y árboles
frutales como naranja, coco y papaya son sus principales cultivos e importan
algunos productos comestibles como la sal.

El trabajo se distribuye de la siguiente forma: en la agricultura, los hombres preparan los campos y luego dan paso a las mujeres, que se encargan de las siembras y recogidas. La pesca y la caza son también labores masculinas, así como el empleo por salario.

Los Saramaka son reconocidos por sus productos artesanales. Mientras las mujeres destacan en alfarería, talla de güiras, costura y bordados, la representación masculina es experta en construcción de canoas y objetos de madera, principalmente para uso doméstico.

Socialmente mantienen un régimen de igualdad, no hay distinción de clases. Los ancianos son muy respetados y tienen sesiones diarias de adivinación.

Políticamente tienen un jefe mayor, algunos regentes y un asistente, encargados de atender y solucionar los problemas internos, que analizan con todos los pobladores de la villa. Los principales castigos son golpeaduras o imposición de multas.

La religión acompaña casi todos los pasos de los Saramaka. Abundan rituales para nacimientos, muertes, períodos de caza y cosecha. Sus dioses y espíritus son honrados a menudo con bebidas, bailes, fiestas y rezos.

Fieles al legado de los ancestros, esos afrodescendientes eligen vivir en armonía con la naturaleza. Para eso la protegen de agentes externos y de la modernidad, potencial destructora de la existencia humana.

Por años se han opuesto a la tala indiscriminada de sus bosques, a la minería y a la entrega de tierras en concesión a empresas extranjeras para el desarrollo energético.

Su lucha está respaldada por fuertes argumentos. En la selva amazónica, que en total abarca más de siete millones de kilómetros cuadrados, coexiste la mayor diversidad de flora y fauna del planeta.

Allí se han identificado más del 10 por ciento de las especies de plantas y animales del mundo, muchas de ellas en peligro de extinción, así como el 15 por ciento del agua dulce de la tierra.

En toda su extensión, Amazonía ofrece cobija a más de 30 millones de personas, incluyendo casi 300 comunidades indígenas, quienes practican la tesis de vivir en concordia con el ecosistema.

Y desde el punto de vista ambiental, un bosque intacto será beneficioso para estabilizar los patrones climáticos, cuyos daños podrían resultar completamente irreversibles.

Basados en esas premisas, los Saramaka no cejan en sus planes de conservación ambiental, modelo que ha dado fuerza a otras comunidades amazónicas a unirse a la lucha por la supervivencia de la tierra.

* Especialista caribeña de Prensa Latina.


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