Publicado el 2013-10-29

¡Aguante Lou Reed!

Pablo Cingolani

Recuerdo cuando escuchábamos New York una y otra vez, cuando gastábamos la cinta del casete, cuando aullábamos o nostalgiábamos con cada tema, cuando no había tiempo como sentenciaba una de las canciones más poderosas del disco y nosotros lo creíamos igual: no había tiempo para la mediocridad, no había tiempo para la complacencia, no había tiempo para la estupidez.

Eran los días aquellos cuando el mundo se había congelado por esa dosis inusitada de mediocridad, de complacencia y de estupidez que le habían inoculado los poderosos de entonces, y la voz de Lou Reed, como un aguijón de hielo, como un taladro de poesía, como una flecha de sensibilidad directa al corazón, llegaba desde el fondo del abismo, desde la noche de los tiempos y desde la rebeldía más pura a decirte, a decirnos: ¡hey, loco, no estamos muertos, no nos pudieron matar!; ¡hey, hermano, estamos vivos, hay que hacer algo, hoy no es tiempo para pensar, hoy es tiempo de actuar! Y vaya si lo celebramos, vaya si le creímos, vaya si nos sacudió las neuronas, vaya si saltamos, vaya si nos estremeció la piel, vaya si no dijimos, si no sentimos, si no compartimos este hecho tan simple: Lou Reed era uno de los nuestros, y en esos momentos de desgarro y de sombra, en esos momentos de tristeza abrumadora y de cesación colectiva, no sólo lo sentíamos así, sino que lo creímos el mejor entre todos nosotros.

Amé esa música como lo que fue: un ave rara y solitaria, un faro, un nuevo desafío. Amé esa música por lo que significaba: una actitud, un clamor, un grito de guerra, una mística. Ahora que Lou Reed ha muerto, ahora que Lou Reed ya no está, ahora que Lou Reed partió en su propio y definitivo viaje, rindo mi único homenaje posible, afirmando una cosa que él no supo nunca pero que nosotros, algunos de nosotros, sí y que le agradeceremos eternamente: Lou Reed nos devolvió la fe, Lou Reed nos encendió la alegría, Lou Reed nos salvó la vida.


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