Publicado el 2013-10-22

Frutillas en la lluvia

Verónica Ardanaz

Nos habíamos conocido en los talleres de poesía y cine en el centro de atención a jóvenes en conflicto con la ley penal, luchando contra la bestia de jueza de menores y la vasta insensibilidad.

 

¿Las ven?

¿Y ahora las ven sobre la tela gris de los bancos, digamos, la esquina en diagonal al Citi bank  salteño, emergiendo como un milagro de estar ahí con su belleza desnuda, entre una maraña de rictus y apurados trajes, no sea los moje la lluvia, la deseada inaugural de la primavera?

¿Sienten su olor vivo, el agua intensa de primeras gotas penetrando el aire tan sexualmente, danzando con aroma a frutillas?

¿Las ven desparramadas, en luz de agua bendita, más rojas que sangre virgen, en un carrito popular? ¿Ven el contraste de su belleza salvaje contra la estética inmoral de “Salta la Linda” for export?

 ¿Escuchan su nombre al canto de la venta callejera, el sonido raigal de sus letras raspando el paladar como sacando chispas a su sabor?

¿Y lo ven al chango que las vende? ¿Uno de barrio orillero, con ojos luminosos y pelo largo, con su gorrita gastada por un sol de hierro, con manos impregnadas de roja esperanza?

Ese chango me reconoció cuando salí del banco. Me llamó por mi nombre.

Tardé en darme cuenta de que era Maxi. Estaba grande, gordito, con alegría desbordada.

El paisaje de su libertad me había desorientado. Nos habíamos conocido en los talleres de poesía y cine en el centro de atención a jóvenes en conflicto con la ley penal, luchando contra la bestia de jueza de menores y la vasta insensibilidad.

Nos abrazamos, celebramos los sueños de pie, una batalla ganada contra los asesinos normalizados de formas no evidentes, los que diariamente lustran filo al cuchillo que sacrifica pendejos pobres en nuestro país y encima tienen prensa.

Y no pude comprar nada. La victoria final de Maxi fue regalarme una bolsa de frutillas seleccionadas, mojadas por la lluvia.

¿Sienten su sabor?


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