Publicado el 2011-08-28

El asesinato del dios Ayoreode

David Acebey

Esta entrevista es inédita. La escribí en 2003 por encargo del Ministerio de Educación y la completé en julio de 2011. El tema eran los bosques y está pensada para los niños. Uno de ellos me hizo notar que dormía, comía y escribía sobre restos mortales de árboles. En ese trance concluí que las culturas nómadas eran árboles que caminaban y tuve la suerte de encontrar a Suia Picaneray para conocer –un poquitito- a una de las culturas que admiro por cultivar, a diario, la narrativa oral.

Suia nació nómada. Cuando los “civilizados” les quitamos su territorio se fue a una misión evangélica y luego a Santa Cruz, donde muchos ayoreode mendigan para sobrevivir. (Pienso que tal vez, criticar los vicios que les contagiamos a algunos de ellos, sea como desplumar águilas y luego crucificarlas porque ya no pueden volar)

Suia Picaneray tiene 59 años, 4 hijos y habla español con dificultad. Recogí sus palabras en una grabadora; pero como no conozco los valores de su cultura, sólo transcribí las partes que creí haber entendido y que luego ella corrigió. Suia fue profesora de niños ayoreode y quiere escribir la historia de su pueblo, pero no tiene medios. Escuchémosla:

Los colores del monte

“Yo he vivido en el monte hasta mis seis años, hasta que los gringos lo encontraron a mi papá y lo llevaron a la misión de Sapocó. Allí había una comunidad de ayoreode. Me acuerdo del monte: nosotros jugábamos al Blanco y Negro, entre niñas y niños. Las mujeres siempre éramos el blanco y los hombres el negro. Hacíamos una raya en el suelo y en un lado estaba la fila de hombres y al otro lado la fila de mujeres. Los de adelante se agarraban de la mano y forcejeaban. Perdía el grupo que había pasado más veces, la raya del suelo. A veces ganaban los hombres y a veces las mujeres. Ese juego, en ayoreode, se llama puyai. Y cuando queríamos jugar decíamos “Oue aña miní puyai”.

También jugábamos al pachiapiri y corríamos por entre medio de los árboles para que no nos toquen los que nos perseguían. Cada grupo tiene un nombre de color: azul son las mujeres y rojo los hombres. Nosotros decimos utatay al azul y caratay al rojo. No se puede jugar sólo entre hombres o sólo entre mujeres.

¡Teníamos muchos juegos! Había un juego que sólo se jugaba el 5 o el 6 de agosto, un juego que era fiesta y ceremonia, porque los ayoreode tenemos un Dios que se llama Asoná. El Asoná es ese pajarito que en Santa Cruz le llaman cuyabo. Celebramos esa fiesta cuando ese pajarito canta por primera vez. A veces canta el 5 y a veces el 6 de agosto. Canta como a las 4 de la mañana; pero es el primer canto el que nos dice el día que haremos la fiesta y los ayoreode estamos atentos al primer canto. Si nos olvidamos de la fiesta, nos castiga el Asoná. Eso me acuerdo bien porque yo tenía unos doce años cuando mi papá hizo la fiesta.

El Asoná cuida a los árboles, cuida a los animales del monte y tiene parientes que le ayudan a cuidar: el Peni, la Lagartija, el Guajojó y el árbol de Toborochi son sus parientes. Sus parientes también tienen poderes. Al Asoná le gusta descansar en la sombra del toborochi y le gusta adornarse con sus flores. El Asoná nos dio la ceniza del toborochi para que nos curemos las quemaduras.

Tenemos que pedir permiso al Asoná para usar las cosas del monte. Si no lo hacemos, el Asoná nos manda enfermedad y puede matarnos. No se puede sacrificar árboles o animales sin necesidad. Matábamos animales; pero sólo para comer un día. No para acumular.

El Asoná es malo y es bueno: si se le dice “regálame para comer”, él te da. Si uno quiere comer peta, se le dice: “mándame peta para cazar rápido” y te da peta...

Cultura de cuentistas

Antes nosotros caminábamos mucho. No teníamos tierra propia, porque todo el monte era nuestra tierra. Después de la Fiesta del Asoná hacíamos chaco para sembrar y cuando no había para comer en el chaco, íbamos a caminar. Eso cuenta mi papá. Cuentan todos, porque a nosotros nos gusta contar. Todas las noches nos juntamos a contar. Y cuentan que caminábamos seis meses y volvíamos al chaco. Sembrábamos frijol, zapallo, sandía, maíz..., yuca no plantábamos. Cuentan que en el monte buscábamos para comer: guapurú, achachayrú, totaí, guapomó, pitajaya... y otras frutas que en nuestro idioma le decimos datua, tocoí, uné... Cuando se terminaban las frutas que nos regalaba el monte, buscábamos carne. Pero no cazábamos para vender. A veces cambiábamos con algo, pero no con dinero.

Todas las noches nos contamos: de la cacería, del trabajo, de las limosnas, del chaco donde sembramos o del encuentro que tuvimos con los ayoreode del Paraguay… y los viejos cuentan de las guerras antiguas. Todos los días nos juntamos para contarnos y te invito a que nos visites para que veas cómo contamos.

Somos diferentes

En Bolivia hay siete clanes de ayoreode. Todos sabemos tejer y usamos tintes naturales. Cada clan tiene sus diseños propios. Sólo cuando nos casamos, podemos hacer un bolso que tenga los diseños de ambos clanes. Nosotros soñamos los diseños.

Es muy diferente nuestra cultura. Los hombres no buscan mujer. Si una ayoreode quiere casarse, le dice a su mamá: “mamá quiero casarme con ese hombre”. Si la mamá está de acuerdo, la chica le habla al hombre y el hombre no puede rechazarla. Es obligatorio que se case. Si él no quiere, la chica le avisa al papá del hombre y el padre lo obliga. No hay solteras, pero hay solteros. Nosotros usamos collares rojos para no divorciarnos y hay pocos divorcios, pero el aborto está permitido entre los ayoreode.

Asesinato del Dios Ayoreode

En 2003 Suia Picaneray me había contado del asesinato de Asoná y quedé tan horrorizado que me declaré incapaz de transmitirlo. Fue más o menos así: uno de los pastores evangélicos encargados de ‘civilizarlos’ quiso demostrarles que el Asoná no era Dios. De alguna manera logró cazar uno de estos pájaros y lo descuartizó vivo en presencia de la comunidad, para que los ayoreode entendieran que el único y verdadero Dios, era Jesús. (Mi Jesús es muy respetuoso)

Hoy tampoco encontré luces para mostrar la connotación de ese deicidio, pero concluí que esa es tarea para los escultores de la Memoria del Fuego. Un periodista me regaló una pregunta que nos aproxima al deicidio: “¿Qué pasaría si alguien, con algún torcido fin didáctico, tomara un martillo, entrara en la iglesia de Cotoca y comenzara a destrozar la efigie de la Mamita?

Pienso: ¿Qué se creen (algunos de los diez mil millones de humanos que habitamos uno de los microbios del universo digestivo de una pulga) para decir quién es el creador de la vida? Tal vez, exceptuando el Dios Dinero, todas las diosas y los dioses sean verdaderos y necesarios para salvar el planeta.

Hace una semana dijo Suia: “Ahora todos los ayoreode somos evangelistas y ya no creemos en el Asoná. Antes tenía mucho poder; ahora es un pajarito nomás”.

El resultado de la “civilización” está a la vista.


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