Publicado el 2011-05-04

Para terminar con el juicio de dios y otros poemas

Antonin Artaud

Ayer me enteré,

(se puede creer, o tal vez sólo

es un rumor falso, que me detengo en uno de

esos sucios chismes que circulan entre

fregaderos y letrinas cuando se tiran las

comidas que una vez más han sido engullidas,)

ayer me enteré

de una de las prácticas oficiales más impresionantes de las escuelas

públicas americanas y que sin duda hacen que ese

país se crea a la cabeza del progreso.

Parece que entre los exámenes o pruebas que debe soportar

un niño que entra por primera vez a una escuela

pública, se verifica la llamada prueba del líquido seminal

o del esperma

que consistiría en pedirle al pequeño recién llegado un poco

de su esperma para introducirlo en un frasco

y conservarlo así preparado para cualquier tentativa de fecundación

artificial que pudiera llevarse a cabo en el futuro.

Pues los americanos descubren día a día

que carecen de brazos y de niños

es decir no de obreros

sino de soldados

y quieren a toda costa y por todos los

medios posibles hacer y fabricar soldados

con vistas a las guerras planetarias

que ulteriormente pudieran acaecer

y que estarían destinadas a mostrar por las

virtudes aplastantes de la fuerza

la excelencia de los productos americanos y

de los frutos del sudor americano en todos

los campos de la actividad y del dinamismo

posible de la fuerza.

Porque hay que producir, hay que, por todos

los medios de la actividad viable, reemplazar

la naturaleza dondequiera que pueda ser reemplazada,

hay que encontrar un campo mayor para

la inercia humana,

es preciso que el obrero tenga de qué ocuparse,

es preciso que se creen nuevos campos de actividad

donde se alzará por fin el reino de todos

los falsos productos fabricados,

de todos los innobles sucedáneos sintéticos,

donde la hermosa, la legítima naturaleza no tendrá

nada qué hacer,

y deberá ceder su lugar de una vez por todas y vergonzosamente

a los triunfales productos de la

sustitución,

allí, el esperma de todas las usinas de fecundación

artificial

hará maravillas para producir armadas y acorazados.

No más frutas, no más árboles, no más plantas

farmacéuticas o no y en consecuencia

no más alimentos,

sino productos de la síntesis a saciedad...

sino productos de síntesis, a saciedad,

en los vapores,

en los humores especiales de la atmósfera,

en los ejes particulares de las atmósferas

arrebatadas a la potencia de una naturaleza

que de la guerra sólo conoció

el miedo.

Y viva la guerra, ¿no es cierto?

Porque, fue así, ¿verdad?, que los americanos prepararon

y preparan la guerra paso a paso.

Para defender esta fabricación

insensata de las competencias que

surgirían de inmediato en todas

partes,

se necesitan soldados, armadas, aviones,

acorazados.

Parecería

que por esta razón los gobiernos

de América tuvieron el desparpajo de pensar en ese esperma.

Puesto que, nosotros, los nacidos

capitalistas, tenemos más de un enemigo

que nos vigila, hijo mío,

y entre esos enemigos,

la Rusia de Stalin

que tampoco carece de brazos armados.

Todo eso está muy bien,

pero yo no sabía que los americanos fueran un pueblo

tan guerrero.

Cuando se combate se reciben heridas

vi a muchos americanos en

la guerra pero siempre tenían delante de

ellos inconmensurables armadas de tanques,

de aviones, de acorazados que les servían como

escudo.

Vi pelear a las máquinas

y sólo divisé muy atrás, en el infinito, a los

hombres que las conducían.

Frente al pueblo que hace comer a sus

caballos, a sus bueyes y a sus asnos las

últimas toneladas de morfina legítima que poseen

para reemplazarla por sucedáneos de

humo,

prefiero al pueblo que come a ras de la tierra

el delirio de donde nació,

hablo de los Tarahumaras que comen el Peyote

a ras del suelo mientras nace

y que mata al sol para instalar el reino

de la noche negra,

que desintegra la cruz para que los espacios

del espacio no puedan encontrarse y cruzarse

nunca más.

Van a escuchar ahora la danza

del TUTUGURI.

Antoine Marie Joseph Artaud, poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, director y actor francés.


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