Publicado el 2010-11-09

Gerónimo

Manuel Sacristán Luzón

Para la colección “Hipótesis” de Ediciones Grijalbo que codirigía junto a Francisco Fernández Buey, Manuel Sacristán tradujo, presentó y anotó en 1975 Gerónimo (Gojleyé, Go khlä yeh), Historia de su vida, una autobiografía recogida por S. M. Barrett, que fue nuevamente editada por F. W. Turner III. De su interés por Gerónimo, pocos años después, hablaba Sacristán en los siguientes términos…

“En el caso de Gerónimo se cruzan dos cosas. En primer lugar, una vieja pasión por las culturas amerindias. Cuando yo era joven estudiaba náhuatl, y sabía mi gramática náhuatl. Tenía mi pequeño diccionario confeccionado por mí mismo porque en los años cuarenta no conocía ningún diccionario náhuatl. Con un vocabulario que había al final de una gramática y traducciones alemanas e inglesas  me fui haciendo el diccionario. Por una parte, esta vieja pasión y, por otra parte, una motivación más positiva: la historia de la agricultura en el ámbito amerindio, lo que podríamos llamar el ecologismo de las culturas amerindias, que es un curioso ecologismo muy complejo y cuyo estudio evita las ingenuidades de algunas franjas ecologistas tontas europeas. Para decirlo de modo más brutal: se puede considerar que es pura ecología el temor de que el sol pueda perder su energía y, por lo tanto, el deseo de mantener la energía del sol puede parecer un pensamiento muy ecológico, sólo que es el pensamiento que causaba las hecatombes bestiales, sacrificiales aztecas, lo más siniestro de la cultura azteca, aunque ahora a una investigadora de la historia de las religiones se le haya ocurrido la gracia de que los siniestros sacrificios solares aztecas son una muestra de elevado erotismo místico. Para ese elevado erotismo místico, si quiere, que se preste ella”.

El interés de Sacristán por las culturas amerindias -y una reflexión sobre el mismo paso del tiempo- quedan reflejados en este fragmento de una carta de 23 de abril de 1983 enviada desde México a su cuñada Anna Adinolfi: “[...] Aquí noto que las novedades -en el sentido más obvio y trivial, de ver cosas nuevas- me produce un cansancio de muerte. ¿Crees que hay prueba más concluyente de la vejez? Trabajo mucho, eso sí... Y también hago turismo: durante las pequeñas vacaciones entre los dos semestres, hemos recorrido Michoacán, un país precioso y de gran interés arqueológico, cultural, lingüístico-étnico. A los veinte años me habría vuelto loco ante la sola posibilidad de una excursión como ésta. Hoy me canso mucho”.

Frederick W. Turner [1], cuya edición de la historia de Gerónimo he seguido en esta traducción, empieza su ensayo sobre el jefe apache con las palabras siguientes:

“Para los apologistas de los indios, los aficionados a las cosas indias en general y los anticuarios de tendencia sentimental, el estudio de los chiricahuas y de su historia y la carrera de Gerónimo representan una verdadera piedra de toque. Muchas de esas personas preferirían concentrarse en torno a la historia y las costumbres de otras tribus, como los cheyennes, los navajos o los sioux, ninguna de las cuales fue jamás tan agresiva como la de los chiricahuas. Pero precisamente por eso es tan interesante esta tribu”.

El mismo motivo de interés hemos tenido en la redacción de la colección Hipótesis [2] para escoger la narración autobiográfica de Gerónimo como primer ofrecimiento en memoria de Las Casas en el quinto centenario de su nacimiento.

Salvo que uno esté muy bien predispuesto, es difícil idealizar a los apaches al modo como lo pudieron ser los sénecas, o los mohicanos, o los hurones. Las costumbres de los apaches, y especialmente las de los chiricahuas, no podían ser muy suaves; eran las costumbres de un pueblo de cazadores-recolectores que, por su situación geográfica, se vio obligado a considerar la acción guerrera en busca de botín tan importante para su supervivencia como la caza misma. En contacto y roce con varias otras naciones, todas más numerosas que la apache, en una tierra predominantemente árida, estos hombres que aceptaron para sí mismos el nombre de “apaches” (la palabra quiere decir “enemigos”) desarrollaron una de la culturas más agresivas que se conocen. Entre las causas comúnmente aceptadas de que el norte de la república mexicana no tenga casi población india primitiva destacan las mortíferas expediciones de los apaches, matando personas y llevándose ganado o alimentos, desde los tiempos del imperio azteca hasta finales del siglo XVIII y, ya más huyendo que atacando, buena parte del siglo XIX. Las mismas tradiciones del nómada -que, por ejemplo, no puede entorpecer su marcha con débiles, enfermos y ancianos por lo que suele desarrollar al respecto un juego de valores más bien sobrecogedor- no son como para hacer grata la estampa de estos cuatreros soberbios, cargados, además, hasta hace poco con los papeles más siniestros en las películas del Oeste de antes del mal de fin de siècle. Si a eso se añade la hosca moral del éxito guerrero que desarrollaron los chiricahuas, se hace difícil excitar en su favor movimientos de ánimo acríticos.

Pero es que no se trata de eso. Los apaches, al no facilitarnos las cosas, al impedirnos descansar en una mala conciencia nostálgica, nos dejan solos y fríos, a los europeos, ante la pregunta de Las Casas, la pregunta por la justicia, la cual no cambia porque el indio sea el trágico Cuauhtémoc en su melancólica elegancia o un apache de manos sucias y rebosando licor tisuin por las orejas. Por otra parte, además de ser de Las Casas, este planteamiento tiene la virtud de contraponerse al amoralismo cientificista, forma hoy frecuente del progresismo. Los apaches, tan cerrados ellos, obligan al progresista a reconocerse genocida, o a reconocer que a lo mejor tiene sentido político la palabra “justicia”.

Gerónimo mismo es muestra de la general inferioridad estética de los apaches respecto de otras naciones indias. Turner incurre, sin duda, en una ingenuidad cuando dice que Gerónimo explotó a sus explotadores y se convirtió en un redomado capitalista. Un explotador no vive de vender unos pocos arcos y flechas hechos por sus manos, pero es verdad que Gerónimo no alcanza la delicadeza profunda de la mayoría de los demás jefes indios tan famosos como él. No era hombre de pronunciar la frase, hoy célebre, del jefe sioux Toro Sentado acerca de su corazón “rojo y dulce”.

Pero, por otra parte, y aunque digna e inocentemente, el mismo Toro Sentado, y Alce Negro [3], y varios otros grandes jefes y chamanes indios acabaron por participar en el Wild West Show de William F. Cody y otras empresas análogas. Gerónimo no. El pobre Toro Sentado andaba con ese feo golfo de Buffalo Bill en aquel verano de 1885 en que Gerónimo urdió su última campaña guerrillera, la jornada del desespero que terminó en el Cañón del Esqueleto.

A pesar de todo, no consiguieron corromper a Gerónimo. Lo exhibieron en ferias, una vez que hubieron decidido no ahorcarlo, como al principio pensaron; lo redujeron a pequeña industria familiar de souvenirs; lo fotografiaron publicitariamente. Pero no consiguieron que dejara de ser un luchador hasta el final, un guerrero, como probablemente se diría él a sí mismo. Hasta el último momento está luchando por conseguir que su pueblo pueda “volver a Arizona” [4]. Y todavía cuando cuenta su vida a Barrett tiene detalles inolvidables de buen combatiente: Gerónimo ha contado la matanza de prisioneros norteamericanos, bajo la dirección de Cochise, en la reacción colérica de los chiricahuas a la estratagema traicionera de que han sido víctimas; en seguida se para, nota que puede haber cometido un error y cierra el paso en defensa de los suyos: “De todos los que intervinieron en aquel asunto, yo soy el único que hoy vive” (página 87).

La lectura del texto de Gerónimo puede suscitar en un lector español el deseo de otras informaciones complementarias. Intentar darlas sistemáticamente en un prólogo habría hinchado éste desmesuradamente, sin aumentar la seguridad de haber adivinado los temas de interés. Por esa razón he preferido otro procedimiento: redactar unas notas temáticas sueltas, que se pueden leer con entera independencia unas de tras; de modo que cada cual puede consultar el asunto que le interese. Están al final del libro [5].

Notas edición:

[1] Sobre Turner escribía Sacristán la siguiente nota de presentación: “El nuevo editor del texto recogido y organizado por Barrett nació en Chicago en 1937. Estudió en su ciudad natal, en Connecticut, en Ohio y en Pensylvania. Por esta última universidad es doctor en folklore. Ha sido profesor en las universidades de Rhode Island y de Massachusetts, entre otras instituciones. Sus publicaciones no se refieren todas  a temática etnológica. Ha publicado ensayos de crítica literaria (sobre Hawthorne, Herman Melville, D. H. Lawrence, etc) y de crítica musical (jazz)”.

[2] Se editaron 17 volúmenes en la colección “Hipótesis”. El dedicado a Gerónimo fue el penúltimo. Entre los restantes, cabe citar: El extravío de la razón de Fourier, la Antología ácrata española de Vladimir Muñoz, Matemática, verdad y realidad de C. G. Hempel, Investigaciones sobre la historia del marxismo de Valentino Gerratana (dos volúmenes) y El modelo sueco de explotación de Pfaff y Wikhäl, el último libro de la colección.

[3] En torno a Alce Negro y los sioux, estas anotaciones de lectura de Sacristán sobre John G. Neihardt, Los últimos sioux. Barcelona, Noguer 1974 (1931, 1959) (de un cuaderno de resúmenes y anotaciones depositado en Reserva de la Biblioteca Central de la UB, fondo Sacristán):

1. JGN: “Rompí a menudo los prolongados silencios del viejo con referencias a los tiempos pasados, anteriores al comienzo de los días malos y a la expoliación de la tierra por los blancos. Cité grandes combates y los momentos cimeros de la historia sioux. Me contestaba con urbanidad; pero resultaba cada vez más evidente que su interés primordial se centrada en ‘las cosas de otro mundo’ “(p. 11).

MSL: Es una evasión o una aniquilación complementaria de la de Gerónimo. Este se opia con el opio ideal, Gerónimo con dinero. Pero no hay que olvidar que Alce Negro tomó parte en el espectáculo de Buffalo Bill, incluso en Europa.

2. “Me fijé en el pasado y rememoré las antiguas costumbres de mi gente: ya no se vivía como entonces. Recorría el camino negro [MSL: el de la lucha y la guerra] cada uno a su albedrío, según sus nimias reglas individuales, como en mi visión. Tal era mi desesperación, que creí posible que los wasichus vivieran de otro modo, modo que los míos debían imitar. Sé ahora que fue un disparate, pero yo era entonces joven y estaba desesperado” (p. 140).

MSL: Alce Negro se refiere a su decisión de aceptar la oferta de pasar la Gran Agua con el show de Buffalo Bill. La descripción del sistema burgués es de interés: se da cuenta de que el andar a hostias según reglas individuales es de la esencia del sistema. Tema: corrupción y burgueses.

[4] “Volver a Arizona” fue el título de una de las notas, la vigésimo cuarta, que Sacristán incluyó al final de la edición castellana de la biografía de Gerónimo.

MSL: No se puede excluir que el patetismo con buenas alas de esta frase final de Gerónimo sea un acierto retórico de Barrett. Pero el sentimiento sobrio y enérgico me parece más propio de los chiricahuas, de Gojleyé y su intérprete Asa.

La tenacidad que revela esa protesta es muy característica del temple de Gerónimo. Otros indios destacados se inclinaron ante lo que parecía irremediable: el jefe ponca Oso Erecto, preso en un calabozo de Fort Omaha, dijo al general Crook en la época en que éste empezaba a abrir los ojos: “Yo creía que el omnipotente nos seguía queriendo vivos pero ahora veo que erré. Dios quiere dar la tierra [los poncas eran buenos y viejos agricultores] a los blancos, y por eso es necesario que nos extingamos. Será mejor así”. O bien se entregaban a la escapatoria mística, opiándose con visiones de un más allá trascendente a todo. Alce Negro, uno de los últimos visionarios sioux, es un ejemplo de esta comprensible evasión: “Miré a mi alrededor y vi que lo que hacíamos era como una sombra proyectada en la tierra por la lejana visión celestial, llena de esplendor y caridad. Supe que lo real era lo distante y que aquí estaba sólo su mortecino sueño remedado”. Y, narrando otra celebración mística dirigida por él: “Me pidieron que condujera la danza a la mañana siguiente, a causa de mi visión y de la potencia que sabían que yo tenía. Nos colocamos en línea recta, orientados hacia poniente, y recé:  Padre, Gran Espíritu, contémplame. Mi nación se desespera. Tú me has enseñado la nueva tierra que prometiste. Haz que mi pueblo también la vea. Tras la oración permanecimos con las manos derechas levantadas hacia poniente, y lloramos y en aquel preciso instante, durante el llanto, antes de que se iniciase la danza, algunos se desmayaron. Mientras danzábamos me acometió la misma rara sensación de otras veces, como si mis pies se hubieran levantado de la tierra y me columpiase”.

Es notable el contraste entre esas autodefensas y el sobrio temple de Gerónimo. El chiricahua no tiene visiones, ni deliquios (aunque escucha con escepticismo cortés las visiones de otros), y sabe de sus antepasados que el buen sentir chiricahua se expresa en el hacer. Tanto en su narración cuanto en sus actos en Florida y en Oklahoma, Gerónimo busca tenazmente un objetivo que le parece alcanzable: que los apaches vuelvan a Arizona. Él, Gerónimo, quizá ya no. Parece incluso insinuar eso como precio que está dispuesto a pagar. Pero si sabe que su pueblo ha de volver, el mismo morirá, según dice, como muere un anciano satisfecho.

Ahora que el gran guerrero no nos oye, confesaré al lector mi impresión de que quizá no valió la pena. Arizona es hoy [SLA: acaso 1974], ciertamente, el estado más indio de los USA: alberga a más de 90.000 indios de 14 tribus -entre ellas los apaches- distribuidos en 19 reservas. En cabeza van los correosos navajos, 80.000 personas unas 50.000 de las cuales viven en las reservas. Más atrás van los apaches y los pueblos hopis. Hay también papagos y pimas. Los civilizados manipuladores de los pobres papagos, los que hicieron de ellos auxiliares terribles, pero tristes, en la caza del apache, les han pagado muy mal: los sociólogos dicen que el papago de Arizona (1/2 de todos los papagos) forma la comunidad más pobre de Norteamérica, con una renta familiar que no rebasa el 6% de la renta familiar percibida por los anglos. Los negros son pocos en Arizona: el 3% de la población total del Estado. Esta población total es de 1.770.900 personas. Por último, 450.000 habitantes, algo más de la cuarta parte del total, son personas de apellidos “castillas” que se declaran espontáneamente mexicanos y en los que tiene verbalmente buen futuro el movimiento dirigido por Chávez.

Arizona es estado desde 1912. Poco después de su proclamación, indios, mestizos y también bastantes blancos estuvieron a punto de hacer algo interesante para todo el mundo: los mineros del cobre de Arizona se organizaron en una de las pocas uniones revolucionarias que ha dado de sí el proletariado norteamericano, los Industrial Workers of the World que tanto impresionaron a Lenin y a Gramsci. Pero en el mismo 1917 esos “agitadores” fueron deportados por el sector más dinámico del capitalismo mundial, como suele decirse, sin atender, por esta vez, a cuestiones étnicas. Por lo demás, el capitalismo de los civilizados, Midas al revés, ha encontrado modo de transformar en heces hasta la árida pureza de la meseta del Colorado: en el subsuelo de Arizona hay cobre, petróleo, metano y, por si fuera poco, uranio. Y tampoco han sido las únicas desgracias que estropean la vuelta a Arizona. Por ejemplo, las viviendas prehistóricas de característica tierra rojiza que se encontraban en el NE de Arizona y constituían el Monumento Nacional de Chelly, formalmente propiedad de los indios, saltaron por los aires al romper la barrera del sonido, por encima de ellas, unos aviones de la fuerza área estadounidense. Bien es verdad que el gobierno federal ha indemnizado a los indios con un millón y medio de dólares entre 1956 y 1958 por los primeros estropicios de ese tipo.

[5] Fueron 27 notas en total, páginas 145-199 de la edición en la colección “Hipótesis”. La 19, “Genocidio conseguido o frustrado”, finalizaba con las siguientes palabras:

“[…] Cuando se quiere hacer una balance del intento de genocidio de que han sido objeto los indios norteamericanos se puede decir que ese intento se ha frustrado, también por lo que hace a los apaches, pero al mismo tiempo hay que recordar a aquellos para los que no se frustró. Los que consiguieron sobrevivir no están desapareciendo. No llegan (1970) a ser ni la mitad de los que presumiblemente eran al llegar los europeos, pero están multiplicándose más deprisa que el resto de la población estadounidense, incluidos los negros, los “soldados-búfalos”, que decían los indios.

Por último, los indios por los que aquí más nos interesamos son los que mejor conservan en los Estados Unidos sus lenguas, sus culturas, sus religiones incluso, bajo nombres cristianos que apenas disfrazan los viejos ritos. Y su ejemplo indica que tal vez no sea siempre verdad eso que, de viejo, afirmaba el mismo Gerónimo, a saber, que no hay que dar batallas que se sabe perdidas. Es dudoso que hoy hubiera una consciencia apache si las bandas de Victorio y de Gerónimo no hubieran arrostrado el calvario de diez años de derrotas admirables, ahora va a hacer un siglo…”

Dar batallas que se sabe perdidas. No fue Sacristán ajeno, en su larga y arriesgada práctica política, a esta sabia y realista consideración.


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