Publicado el 2010-11-09

Medio Ambiente: Los Ojos de Gaia

Roberto F. Campos

La naturaleza tiene la virtud de impresionar hasta tal punto, que un fanático de la tecnología transforma sus prioridades y prefiere el fresco de una cascada al habitual sonido de su celular.Esa experiencia la tuve de cara a un paisaje nada usual en Venezuela, una especie de Parque Jurásico, muy fuera de las pantallas y las ideas fantásticas, con verdor propio y aventura espectacular que a fuer de dejarte exhausto te repleta de ideas olvidadas por la cotidianidad citadina.

El viaje en cuestión me puso en contacto, a mi manera de ver, con la diosa griega de la Tierra, Gaia, tan socorrida por la ciencia ficción y para algunos autores su espíritu. Sin embargo, por otro lado, se trata de una hipótesis con este nombre donde la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales, como la temperatura.

Al margen de esta idea científica, frente al paisaje que narro, me vino a la mente ese nombre, sea Gaia, Gea o Gaya. Tal alusión mental pudo muy bien ser algo un tanto supersticioso, pues los ojos por poco se me llenan de lágrimas ante tanta belleza. Habíamos salido desde las 04:00 horas del Campamento Canaima, un lugar silencioso, con solo el rumor de la catarata El Hacha, que queda enfrente a cada habitación.

Guiados por indígenas Pemones, la ruta que al principio parecía un simple paseo, trastocó sus lances en turismo de aventura, pues la oscuridad era total y el puerto Ukaima, de donde salían nuestras embarcaciones, no era tal puerto, sino simplemente el borde de un rio en mucho movimiento. Nuestros botes eran canoas llamadas Curiaras, de unos tres a cinco metros de largo, hechas del tronco de algún árbol y completadas con maderas rusticas, con un motor fuera de borda de alta potencia.

Me comentaron al regreso que no encajaban los motores fuera de borda en la historia, pero es que si hubiéramos navegado sin ellos bien pudiera estar todavía en esos rápidos por la distancia y el camino fluvial tan complicado. Luego de tres horas, interrumpidas solo para bajarnos a caminar unos minutos, pues el paso del rio se ponía feo y las embarcaciones no podían con tanto peso, llegamos a un pedregal, lo que en Cuba se nombre cascajal, desde donde se veía el Salto Ángel, nuestro objetivo. Sin embargo, el camino de las tres horas fue pletórico en imágenes como  salidas de otro planeta, con elevaciones conocidas en Venezuela por Tepuyes, o mesetas aplanadas en lo muy alto. Precisamente el Ángel cae desde una de ellas. El rio no era un paisaje monótono, sino que los bordes tenían variedades del follaje, y mientras esquivábamos el salto de agua de la canoa desde la proa rompiendo los rápidos, podíamos tomar alguna que otra furtiva foto, admirar la naturaleza y esperar siempre una nueva sorpresa.

EL SALTO ANGEL

La Tierra debe volver a sus orígenes. Recuperar los ensueños de una naturaleza virginal para preservarse y preservar a la especia humana; tales valores permanecen intactos en ciertos lugares de nuestro planeta y uno de ellos es el Parque Nacional Canaima en Venezuela y su Salto Ángel. Conocido entre los indígenas, que siempre habitaron y fueron sus verdaderos descubridores, el Kerepakupai Vena, como se nombra en lengua Pemón (salto del lugar más profundo), es pura magia.

Con 979 metros de altura constituye la mayor caída de agua del mundo y para comprobarlo solo es necesario navegar, caminar, resistir la dura travesía y mirar; mirar con los ojos del rostro y los del alma. Esta maravilla está en el Canaima, en el estado venezolano de Bolívar, reservorio natural, maravilla, espectáculo para repletar los sentidos con todo lo verdadero que existe en la Tierra. Su nombre responde a Jimmy Ángel, quien en 1937 aterrizó su avioneta en lo alto de la montaña, de donde se desprende el agua; pero mucho antes era conocido por los indígenas, y los historiadores atribuyen otro de los contactos primigenios al español Fernando de Berrio.

Explorador y gobernador durante los siglos XVI y XVII, Berrio pudo ser el primer extranjero en apreciar esa belleza, otros exploradores le siguieron como Ernesto Sánchez en 1910, o el capitán de la armada venezolana Félix Cardona Puig en 1927, junto a Mundó Freixas. Y ahí está, un gran salto desde el macizo Auyantepuy. Para llegar ahora existen dos programas turísticos, uno de un día y otro de una semana, igual de difíciles, igual de apasionantes.

Entonces, frente al Salto una sola respuesta, así debe preservarse el planeta. El Parque Nacional Canaima, constantemente te sorprende con paisajes y rincones insospechados. Está ubicado en el Estado de Bolívar, fue inaugurado el 12 de junio de 1962 y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994. Constituye todo un esplendor de la naturaleza con una extensión de 30 mil kilómetros cuadrados hasta la frontera con Guyana y Brasil, y por su tamaño le consideran el sexto parque nacional más grande del mundo. Alrededor del 65 por ciento está ocupado por mesetas de roca llamadas Tepuyes y es un medio biológico único de gran interés geológico. Ese es el escenario del Salto Ángel.    

En ese paraje, el camino se hace intransitable. Es necesario, para llegar a su mirador, intrincarse en la selva por un sendero abierto por los indígenas, quienes regentean todo el turismo de la zona, y andar casi asfixiados por la clorofila de los árboles. El camino está repleto de raíces y ramas de plantas, junto a piedras, por lo tanto hay que andar muy lento para no caer, o torcerse un pie, algo muy peligroso, pues en caso de perder la locomoción la salida del lugar es algo muy difícil. Por demás, cometí el error de ir en pantalones cortos, festín de mosquitos y otros insectos que pusieron mis piernas como jamones.

De ahí que una colega de la TV venezolana recomendara en su reporte, mangas largas, capa de agua, repelente de insectos, ropa y calzado cómodo. Luego del andar, se agota el agua en botellas y es necesario beber la de los riachuelos que nos cruzan en momentos, muy roja, muy fría; parece vino tinto por el efecto creado debido a sustancias químicas de la propia naturaleza, nada dañinas para el ser humano. Una vez en el "mirador" te golpea la imagen del Salto Ángel, con su llovizna constante provocada por la caída del agua desde tan alto y allí, en el silencio de la selva, apenas viendo por un espacio en el terreno aquella maravilla, llega Gaia y te da un saludo que convence.

Te convence de que el espíritu de la Tierra y la Tierra misma es la principal tarea del ser humano para bien propio, donde no suena ningún bip de teléfono celular, o las computadoras son obsoletas. Una obra divina de la naturaleza, sin palabras exactas para su descripción que cobra el cuerpo real de la existencia misma de quienes habitamos el Planeta y por momentos olvidamos la misión de protegerlo.

* Periodista de Prensa Latina.


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